lunes, 23 de agosto de 2010

La Playa no es un Cenicero




No se si seré un rarito, pero cada vez que voy a la Playa con mi mujer y mi hijo siento nauseas. A lo mejor estoy sacando las cosas de quicio y no es para tanto, puede que el problema lo tenga yo y no los demas, tal vez debería ser menos intransigente y aprender a convivir con mis semejantes, pero lo cierto es que no puedo dejar escapar un bufido de rabia e indignación cada vez que piso nuestras playas para observar que la sociedad ha decidido que las playas son el mejor cenicero del mundo, un lugar inmejorable para sembrarlo de colillas mientras te tumbas a la bartola.

No soy fumador, lo reconozco. Pero creo que este problema no es de fumadores o no fumadores, es un problema simple y llanamente de educación y civismo. Al igual que veríamos incomprensible que alguien decidiera tirar los dodotis de su hijo lleno de mierda, o una comprensa, o la caquita de su mascota, la playa no es un cenicero y ya que parte de la sociedad ha decidido que sí lo es, la ley, ese artilugio que sirve principalmente para conseguir que el mundo sea habitable por todos y no sólo por unos pocos, debería tomar cartas en el asunto, advirtiendo en primer lugar de manera clara y concisa que las colillas, al igual que el resto de elementos residuables, se deben depositar en la correspondiente papelera y nunca en la arena de nuestras playas. Y en segundo lugar, establecer los resortes legales para que aquellos a los que se la sople esta advertencia y persistan en su asqueroso ritual playero sean sancionados económicamente, al igual que ya lo son por ejemplo los dueños de un perrito cuando este hace popo en la calle.

Puedes llamarme intransigente, puedes llamarme trasnochado, puedes llamarme lo que quieras. Pero a mi y a muchos otros padres, nos gusta que nuestros hijos puedan jugar en una arena limpia sin miedo a que se lleven una colilla a la boca.